
RESUMEN DEL ARTÍCULO
Regreso a Madrid después de un viaje y encuentro una ciudad y un país cuyo estado de ánimo ha cambiado. El desahucio de Mari Carmen ha dado rostro, relato, causa y bandera a una indignación incubada por años.
La vivienda es la punta del iceberg de una crisis del modelo: concentración de riqueza, pérdida de peso de las rentas del trabajo e instituciones incapaces de adaptarse a las transformaciones económicas y tecnológicas.
Las sociedades son estados de ánimo. Una causa compartida puede convertir la resignación en movilización y alterar el tablero político en días.
Vienen cambios profundos provocados por una disrupción tecnológica que los partidos políticos no saben ni leer y para la que no tienen respuesta.
El liberalismo debe revisar su propuesta; la izquierda, reformular su utopía. Necesitamos liderazgos capaces de transferir entusiasmo y construir un proyecto colectivo: un nuevo contrato social democrático basado en la justicia social.
Abróchense los cinturones: vienen curvas.
Adelante!!!
ARTICULO COMPLETO
Hace poco más de una semana pasé por Madrid. Hoy, de regreso de mi viaje, me encuentro con una ciudad diferente. El sentir en sus calles y su estado de ánimo han cambiado. En apenas unos días, una indignación que parecía testimonial ha encontrado un rostro, un relato, una causa y una bandera.
Así se desencadenan algunos movimientos históricos que cambian la tectónica institucional. Parecen provocados por un hecho aislado, pero ese hecho solo hace de aglutinante de una acumulación de contradicciones que se van incubando lentamente. A menudo confundimos el detonante con la causa. Miramos la última gota y olvidamos todo lo que había llenado el vaso.
No sé si las movilizaciones por la vivienda serán la espoleta de un estallido mayor. Mi tesis es que estamos ante algo mucho más profundo que un conflicto habitacional: el fin del contrato social sobre el que habíamos organizado nuestra convivencia después de la Segunda Guerra Mundial.
En la antesala de un nuevo contrato social
La crisis de la vivienda es solo la punta del iceberg de un sistema que está perdiendo su capacidad para responder a las necesidades y expectativas de la gente. Debajo está la pérdida de ingresos por las rentas del trabajo, el desigual reparto de la riqueza, la seguridad laboral o la legitimidad de las instituciones.
La tradición marxista formuló una interpretación del cambio histórico que sigue estando plenamente vigente: cuando se transforma la infraestructura —tecnología, producción, economía y trabajo—, la superestructura —instituciones, gobernanza y organización política— necesita adaptarse. Si no lo hace, las contradicciones se acumulan hasta abrir una crisis que termina derribando el orden establecido. Esta ley permite entender lo que está ocurriendo y sus consecuencias previsibles: intentamos gobernar una realidad nueva con recetas viejas.
Por eso insisto: no estamos únicamente ante la crisis de los partidos para ofrecer nuevas respuestas. Estamos ante la crisis del modelo.
¿Los desahucios son la gota que colma el vaso?
El 23 de septiembre, Mari Carmen, de 87 años, fue desahuciada de la vivienda madrileña donde había vivido durante siete décadas. La imagen de su salida en camilla provocó una catarsis que las noticias y las estadísticas no habían conseguido.
Las primeras protestas alcanzaron una docena de ciudades. El 3 de octubre, decenas de miles de personas marcharon por Madrid, mientras se repetían movilizaciones en otras ciudades españolas. Las críticas alcanzaron a las derechas y al Gobierno.
Después del desalojo se anunció un acuerdo para posibilitar el regreso de Mari Carmen, pendiente entonces de su aceptación. Pero resolver su situación individual ya no bastaba para desactivar el significado colectivo de lo ocurrido. La onda expansiva se había descontrolado.
Las explosiones sociales necesitan un detonante, un relato, un icono que encienda la mecha y se convierta en bandera. La imagen de Mari Carmen reúne esa fuerza simbólica: en ella pueden reconocerse, además de quienes temen perder su casa o sienten que nunca podrán acceder a una, todos aquellos que se sienten agraviados y en peligro de exclusión social.
La cuestión es si esa identificación será pasajera o dará lugar a una catarsis colectiva. El clima ha cambiado. Está por ver su profundidad.
La vivienda es solo la parte visible
El problema atraviesa Europa. En Portugal, los precios de compra aumentaron un 120% entre 2010 y el cuarto trimestre de 2024. En Alemania, los hogares dedicaron, de media, una cuarta parte de su renta disponible a vivienda en 2024.
En Francia se registraron 24.556 desahucios con intervención de la policía fuerza pública ese año, según la Fundación para la Vivienda de los Desfavorecidos. En Inglaterra, los jóvenes inquilinos privados de Londres destinaban, en 2024-2025, un 47% de sus ingresos al alquiler. Son indicadores distintos, pero revelan diferentes manifestaciones de un problema que desborda fronteras.
No hay una causa única. La escasez de vivienda asequible, la presión turística y la concentración de la demanda se entrelazan con la inversión inmobiliaria y las insuficiencias de las políticas públicas. Sin embargo, el conflicto remite a una fractura social más amplia: un trabajo no garantiza construir un proyecto vital.
La OIT y la OCDE estimaron una caída de 1,6 puntos porcentuales en la participación del trabajo en la renta mundial entre 2004 y 2024 en relación inversa a los incrementos de las rentas de capital. Es una pérdida de peso sostenida en el tiempo que ayuda a entender la tensión entre rentas del trabajo y del capital.
Pérdida de capacidad adquisitiva, acumulación patrimonial, especulación financiera, concentración de riqueza y brechas sociales se conectan. Los desahucios muestran, de forma brutal, dónde acaba materializándose una parte de esas tensiones.
Mareas sociales y cambios repentinos del estado de ánimo
Llevo años defendiendo que debemos aprender a mirar las sociedades como estados de ánimo. Antes que seres racionales somos animales emocionales.
En determinadas circunstancias podemos pasar del negro al blanco en cuestión de horas. La resignación enquistada durante años se transforma en indignación; la indignación, en voluntad de actuar. No porque la realidad material haya cambiado de golpe, sino porque cambia nuestra interpretación de ella y descubrimos que no estamos solos y que otros sienten lo mismo. Entonces se activa el virus más contagioso del mundo: las emociones. Y las emociones compartidas crean un estado de ánimo capaz de movilizar a una masa humana que ayer estaba apática.
Una causa encuentra un relato. El relato se concentra en un símbolo. El símbolo permite reconocerse a miles de personas. Y aquello que parecía una suma de problemas privados se convierte en una fuerza pública, en una causa.
Todo proyecto de transformación necesita primero un relato que lo imagine y convoque a construirlo. Inventar ese horizonte no significa falsear los hechos: significa dar forma a una posibilidad que todavía no existe.
Entonces se rompen las tendencias, aparecen movimientos bruscos y las mareas de fondo alteran el tablero de juego. Quienes creían tenerlo todo bajo control descubren que solo estaban observando la superficie.
Un proyecto político renovado
Cuando hay cambios en la infraestructura social y la superestructura no reacciona, el relato de miedo y exclusión, impulsado por la extrema derecha y las corrientes fascistas, encuentra su campo abonado para ganar adeptos. Como afirmó el Papa Francisco, la ultraderecha y el fascismo son centrípetas, aparecen con salvadores de la patria sin historia, la única manera de ser combatidas es la justicia social.
Pero de pronto, otra causa puede desplazar el foco: del miedo al vecino a la solidaridad con quien pierde su casa; de buscar culpables entre los vulnerables a cuestionar cómo se distribuyen la riqueza y el poder.
Ese desplazamiento puede cambiar las adhesiones y provocar una confrontación intensa entre fuerzas opuestas, incluso con riesgo de violencia. Significa que el sentir político se ha vuelto volátil.
La movilización tampoco entrega automáticamente una victoria a la izquierda. Puede interpelarla por sus incumplimientos. La frustración no genera fidelidades: quien crea que podrá administrarla políticamente puede terminar desbordado por ella.
La Inteligencia Artificial y los movimientos tectónicos que se avecinan
Y, mientras discutimos sobre la última sacudida, apenas estamos preparando respuestas para la siguiente.
Mi advertencia es esta: la Inteligencia Artificial está operando una destrucción creativa de una escala descomunal, transformando la producción, el trabajo, el empleo y la distribución del poder económico y la riqueza.
La OIT estima que uno de cada cuatro trabajadores está en una ocupación con exposición a la IA. Y la respuesta de las fuerzas políticas es la pasividad. A medida que los trabajadores sean reemplazados y no exista un colchón social, mientras las ganancias se concentran, el malestar social se disparará
Esta Gran Migración a la IA va a abrir posibilidades inmensas y producir desajustes profundos. No debemos observar los problemas como la vivienda, el empleo, o la tecnología como acontecimientos aislados, sino como hechos concatenados. Son fenómenos capaces de conectarse y reforzarse hasta desbordar las respuestas existentes.
Los partidos necesitan otro diagnóstico y otro proyecto
El liberalismo tiene que revisar su propuesta. La socialdemocracia y la izquierda tienen que reformular su utopía. Cuando dejan de ofrecer un futuro creíble, facilitan la recomposición de la ultraderecha y de las tentaciones autoritarias.
La oportunidad pertenece a quienes sepan leer el estado de ánimo colectivo y hacerse cargo de él. Pero exige mucho más que tacticismo.
Actuar con sorpresa en el momento oportuno puede proporcionar una ventaja puntual. Construir un relato poderoso puede cambiar la agenda del momento. Pero son acciones coyunturales sin un proyecto transformador que dé sentido a la vida de la gente.
Los líderes fuertes se miden por la capacidad de construir un proyecto colectivo comprometido y alineado con las expectativas de la gente. Liderar es transferir entusiasmo, tocar la fibra sensible de una comunidad y convocarla a una causa común. Con autenticidad, valentía, compromisos y hechos.
Una marea de fondo está en marcha
No hablo del final de la historia, sino del posible final de una manera de organizarla. El contrato social que conocemos está en crisis; su sustitución por otro es una necesidad.
No sé si la chispa definitiva serán los desahucios. Sí creo que la vivienda puede ser un detonante de manual que dispare conflictos mayores si seguimos sin abordar sus raíces.
Regreso a Madrid y siento otra ciudad. Vienen tiempos convulsos. Necesitamos construir democráticamente un nuevo contrato social antes de que otros lo impongan aprovechando el desconcierto.
Abróchense los cinturones: vienen curvas.
Adelante!!!
Nota. Para profundizar más en el artículo, accede a los siguientes enlaces:
La crisis de la vivienda expresa el agotamiento de un contrato social que pierde capacidad para garantizar seguridad y futuro. Necesitamos reconstruir sus bases antes de que la frustración abra paso a soluciones autoritarias.
El problema desborda a los partidos: unas instituciones concebidas para otra época no responden a las transformaciones económicas, tecnológicas y sociales. Cuando cambia la base de la sociedad y su gobernanza permanece inmóvil, las contradicciones se acumulan.
El liberalismo necesita revisar su propuesta y la izquierda reformular su utopía. Sin un proyecto que conecte justicia social, aspiraciones personales y oportunidades del nuevo tiempo, el descontento queda disponible para quienes ofrecen falsas soluciones.
La IA impulsa una destrucción creativa que puede transformar profundamente la economía, el trabajo y el reparto del poder. Si las ganancias se concentran y los costes recaen sobre quienes ya viven al límite, el malestar encontrará nuevos detonantes.
La Gran Migración a la IA exige acompañar a las personas hacia nuevas formas de trabajar y vivir. Sin preparación, protección y oportunidades compartidas, esa travesía puede agravar las brechas sociales y convertir la incertidumbre en conflicto.
La sustitución de tareas y la transformación de profesiones cuestionan un contrato social construido alrededor del empleo. Si trabajar deja de garantizar estabilidad y vivienda, el conflicto alcanza los fundamentos del orden económico y político.
Las sociedades también se mueven por emociones compartidas. Un rostro, un relato y una causa pueden transformar años de resignación en movilización colectiva: la chispa parece repentina, pero el malestar llevaba mucho tiempo acumulándose.
